Número noventa y dos

Por el desafuego conocimos el arte del engaño, por una o dos noches de papel quemándose, estrujándose, siendo roto por la fuerza liberadora de no pensar en lo que hacíamos.

Y danzan las promesas sin peso, sin valor de cambio; dichas, entredichas y susurradas como anécdotas del viento cazadas sin querer.

¿Que nos quedara de la destrucción del alma, mi amor?

¿Que nos quedara de utilizar una y otra vez las reservas limitadas de sentimientos?

¿Un largo silencio de amor falso, de esos de final de película?

“Tan corto el orgasmo y tan largo el olvido”. Eso debió de haber pensado el poeta puritano.

Desafuego

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