Número ochenta y cuatro: La muerte

...Deja que la tristeza me mate...

...Deja que la tristeza me mate...

Santiago se abalanzó contra el y lo golpeo ahí donde los sueños nacen.
Le pego tan fuerte que escucho el crujir de mil cristales desplomarse, vio caer en pedazos fotografías familiares que tenia escondidas, juguetes que solo soñó(y en verdad los tuvo en sueños), aptitudes que solo llego a escribir y mil aventuras que leyo.
Santiago lo vio desplomarse con esa sonrisa que nunca perdio; porque cayo valiente, seguro de haber dado la mejor batalla.
Cayo sin ninguna historia -¡Ninguna!- aunque era mejor.
Así nunca sera recordado.

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